Había una vez, un tecolote, que vivía en la frontera de México con Guatemala, y el búho como todos los demás, despertaba todas las noches, para vivir, porque de esa manera lo hacía, esa era su vida, dormir durante el día y vivir durante la noche. O vivir lo que se pudiera, ya que, durante la noche lo único que se puede hacer es buscar algo que echarse a la barriga y apreciar la luna mientras sigue su camino hasta desaparecer iluminada por los tenues rayos anaranjados del alba sobre el bosque.
Pero había un segundo búho, que vivía debajo
de las largas ramas verdes de un sauce sobre una colina en el extremo del
bosque. Bajo su manto de sabanas verdes este viejo búho había vivido tanto, que
ningún animal del bosque podía recordar el dia en que llego, o, si quiera el un
momento en que esa colina no estuviera ocupada por el sauce. El joven búho lo
había visitado un par de veces, en una de esas expediciones en busca de otros
animales nocturnos, con ese viejo búho ya eran 7 búhos vecinos ermitaños, una
lechuza arisca, dos gusanos y una criaturita fea que se la pasa arrancando
frutillos secos. Ninguno de ellos de muy buena compañía, a excepción del viejo
búho, que en sus mejores días, contaba maravillado de la vida alla durante el
dia. De la inmensa bola de fuego que se eleva en el cielo, que al parecer es de
color azul, del murmullo amistoso de los animales, de los juegos y la
diversión, ¡Oh claro! Y la comida, los mejores gusanos son esos verdes con
rayas amarillas.
No obstante, el viejo búho
conto también que, al parecer, en sus días de estudio cuando la bola de fuego
está en lo alto, los animales nunca han sido amistosos, o al menos los que se encuentran dentro de los límites del
bosque. Sobre todo cuando canta, y esos es muy regular, ya que, a todos los
tecolotes se les ha heredado un don y
placer sobre la música. En una ocasión, cuenta el viejo tecolote, que se
encontraba a la orilla del lago en el centro del bosque, el agua es más hermosa
durante el día, y en ese momento empezó a cantar una canción, que, su madre le
cantaba cuando era apenas un polluelo. Ese fue un momento crítico, los peces
empezaron a saltar, e irse a lo más lejano del lago, las aves, de colores
brillantes y plumas largas elevaron sus alas, y en un torbellino de colores le
recordaron al tecolote que, sus mejores colores son esas diminutas plumas
blancas en el pecho haciéndolo entristecer. Los ciervos corrieron, las ardillas
gritaron, y un centenar de creaturas corrieron huyendo del tecolote,
esfumándose a lo más apartado del lugar.
Somos de mal “agüero” le dijo el viejo búho en esa ocasión. El joven
tecolote que, quería visitar al mundo durante el dia no sabía que hacer. Si son
tan malos, entonces nadie querría ser su amigo, que era lo que el mas anhelaba,
no podía visitar al mundo durante el día o todo correrían de él, o al menos, no
al bosque. El viejo, le conto que a unos kilómetros de allí el panorama
cambiaba, y todo se tornaba más verde, húmedo y brillante. Ese era un mejor
lugar.
Así que el joven tecolote, preparo sus
maletas, limpio su agujero en lo alto de su roble, recolecto semillas y
gusanos. Lo envolvió todo con una enorme hoja del árbol de las zarigüeyas, y le
ato pequeñas lianas para colgárselo en la espalda. Prepararse con lo de la
comida, el estudio y la preparación le costó una semana, y el domingo por la
mañana comenzó todo, había estado toda noche con el tecolote viejo, y al salir
un rayo más iridiscente del sol, cayo de sueño. La segunda vez, casi pudo ver
la esfera pero no soporto más, y la tercera casi el cielo se torna rosado. En
fin, el tecolote, lo intento, y finalmente, decidió que lo mejor sería dormir
en la noche y buscar su amigo en el día.
Así que, a pesar de dormir todo el día, comió unas cosillas, y se hecho a
dormir. Al despertar, sus ojos se hicieron más grandes de lo normal, al ver la
hermosura del paraje. Elevo sus alas, y, alejándose de la multitud de aves
brillantes y desdeñadoras emprendió vuelo hacia aquel lugar húmedo. En el
camino vio cosas que jamás había visto antes, hay más colores en el día. Y,
cuando le escurría algo por las plumas, bajo hasta dejar a las nubes nuevamente
por encima de él. Ahí estaba, la selva,
un lugar húmedo, verde, lleno de plantas mojadas y arboles gigantes, con
sonidos extraños y creaturas moviéndose por los árboles.
Entonces, bajo la sombra chorreante de un
árbol desconocido, el tecolote observo todo, su amigo debería aparecer, la
siguiente creatura que apareciera seria su nuevo amigo. Esa cosa negra con
hocico alargado ¡No! Esa cosa gigante amarillenta con machas negras tampoco
parecía buena idea, y desde luego que esa liana zigzagueante y que sisea no sería
otra muy buena idea. Entonces lo escucho, en ese mimo árbol, el canto más hermoso
que había escuchado, no como el de esa vieja lechuza que parece gritar gemidos
de dolor, sino una melodía hipnotizaste. El tecolote miro hacia arriba, y ahí
estaba ella. Con sus plumas verdes y largas cayéndole por detrás, su pico, sus
alas. Era sin duda el ave más hermosa que había visto en toda su vida. El ave,
se volvió, y dejo ver su pecho escarlata, que casi parecía tener luz que
iluminaba el lugar, no se acerca al colorcito embarrado del mini pajarillo del
bosque, este es más especial.
Para ella, una quetzal verde perseguida por
cientos de pajarillos coloridos ver al tecolote fue algo impactante. Nunca
había visto algo igual, y vaya que había visto cosas hermosas, pero esos
ojazos, no los tenía nadie más. No parecía presumido, ni representaba vanidad.
Ella imaginaba que, tendría que pasar su vida con ese quetzal presumido de ojos
pequeños y cola exageradamente larga, pero no había nadie en todo el lugar que
pudiera luchar contra esos hermosos e inmensos ojos. En ocasiones lo que algunos
temen y ven horrible es algo que no da miedo, y es hermoso para alguien que se
la ha pasado viendo hermosura con mal carácter y sonrisas sarcásticas.
No hubo nada que los detuviera, y
todos los días por el resto del año se citaban a la misma hora en el Guanacaste en donde sus corazones y su
amor se fueron plasmando en sus ramas engrandeciendo y dándole vida al árbol.
El tiempo paso, y en uno de sus últimos días como dueño del viejo sauce, el
viejo tecolote volvió su mirada hacia la dirección en donde se encuentra la
selva, sonrió, con una fuerte tos y sus aleteadas lentas entro a su viejo
tronco y de un escondite saco un pequeño trozo de corteza con unas iniciales T
y Q. Y con su voz ronco se dijo a si mismo <<Cuando todos me rechazaron
tu fuiste la única que no lo hizo, por siempre te amare,… mi quetzal>>
Al mismo tiempo, en el tronco del
Guanacaste se escuchaba un crujido,
el de un huevo pequeño con puntos verdes, el huevo del amor, el huevo de un
quetzolcolote.
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