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Cuento romatico









Él había crecido, de una forma dulce, agradable y sobre todo muy perseverante. Durante las fiestas solía estar rodeado de la multitud, mientras contaba chistes que hacían estallar las risas en el lugar, cuando terminaba  reventaba en carcajadas de igual forma. Sus enormes ojos marrones destilaban alegría, bajo su cabello negro como el alquitrán, siempre alborotado, se formaban pequeñas ondas, pequeños relieves por toda su cabeza, pero si había algo que caracterizaba a Agustín, no era su estatura alta, o su piel aceitunada, sino su sonrisa, una hermosa sonrisa de oreja a oreja que gobernó su rostro al menos quince años, hasta que ocurrió algo que habría de marcar su vida.


          Fue en el otoño de 1902,  un día común de esos en los que el aire es tan fuerte que silva como un espectro al chocar contra las ventanas. Aquel día  Agustín se encontraba solo, en la vieja casa de sus padres a las afueras de la ciudad, cuando escuchó el sonido del buzón abrirse y volverse a cerrar de golpe, y aunque hacía viento salió  a ver qué sucedía. Se encontró un  sobre que tenía un delicioso aroma femenino y era impecablemente blanco, sin una sola mancha, estaba decorado con un lazo guinda por todo el borde y sellado con una tinta a juego. No tenía destinatario, así que lo tomó y al entrar a su casa decidió abrirlo.
Era  la carta perdida de una señorita,  de una ciudad llamada Monterreal, en la cual mandaba saludos a un caballero, posiblemente su novio,  Agustín escribió una nota explicándole a la dama que la carta había llegado a la dirección equivocada. En el mismo sobre metió su escrito, lo selló, y lo colocó dentro del buzón. Agustín  pensaba que no era más que otro error del correo.

 Pasaron dos semanas desde aquél incidente, Agustín se encontraba solo en su habitación, cuando de repente observó desde su ventana que el buzón tenía erguida el asta, había un correo nuevo. Salió apresurado y vació el buzón logrando sacar la carta, esta vez era un sobre con el mismo perfume, pero con un lazo esmeralda, la misma joven se disculpaba por los inconvenientes y al mismo tiempo elogiaba a Agustín  por su amabilidad al devolverla,  aunque él no lo creía así, ya que la había abierto y leído completa. Agustín pudo haber dejado la carta en el olvido, pero tuvo la necesidad de responder a los cumplidos de la chica de Monterreal. Así que escribió algo sencillo, apenas una pequeña nota amable,  la metió en un sobre y la envió de vuelta, sin más, esperaba que la chica no respondiera.

      Pasó el tiempo, y Elizabeth envió una carta de vuelta, una bastante inesperada, esta vez, ahora ella se presentaba, decía cosas como “ha sido un gusto escribirte” “La verdad es que en estos días se ven muy pocas personas como tú”  Elizabeth escribió su dirección: Calle del portal de los Lombard, Monterreal, Coahuila. Le contó a Agustín cuál posiblemente fue el error de los carteros, también le informó sobre lo difícil que era para ella expresarse por medio de las palabras, ya que su familia había vivido durante muchos años en Francia, y ella no comprendía el español a la perfección, le mencionó que tenía 15 años, y que además estaba sorprendida por la increíble rapidez del correo, porque Monterreal estaba  al menos a 1000 kilómetros de distancia, y en 1900 ¿Cuánto podrían tardar en ir y regresar? Agustín se sintió extrañado, la verdad es que nunca había escuchado sobre Monterreal y que Elizabeth fuera una dama francesa lo intrigó aún más. Él quería continuar la conversación con ella, porque sus edades eran similares y posiblemente sus pasiones también. Agustín escribió una carta de regreso, en ella le contó un poco sobre su vida y del lugar donde vivía, el clima, las personas, el paisaje, y sobre su incesante deseo por escuchar música. La conversación continuó a través de las cartas, ella siempre sacaba un tema nuevo y él continuaba relatando algo acerca de su vida. En una ocasión ella envió una fotografía suya, sus rizos oscuros le caían por encima del hombro, sus ojos parecían resplandecer,  su piel, como de porcelana brillaba bajo un tenue rayo de sol, y ella parecía apacible, sin embargo, en sus delgados labios había una leve sonrisa traviesa.

      Él corría ansioso cada tarde después del colegio hacia el buzón, con la esperanza de encontrar la carta de Elizabeth Lombard. Pero  hasta  después de diez o quince días ¡Ocurría el milagro! Llegó el mes de febrero y ambos terminaron confesándose su mutuo amor, ella había escrito:

     La verdad es que, ni en Monterreal, ni en todo México, incluso Europa que es parte de mi pasado, jamás podría encontrar a alguien como tú, Agustín. Es como si entendieras cada partícula de mi ser y te fusionaras, y las cartas que escribimos se eclipsaran en una historia, una larguísima historia de amor.

Por su parte él con su típico estilo expresaba:
    ¡Es el mejor error de correspondencia que he recibido, eres totalmente diferente a las chicas que conozco!

      Siguieron escribiéndose sin siquiera ser novios, durante varios meses más. Él deseaba con todas sus fuerzas verla, ese deseo no pudo sacárselo de la cabeza. El viaje era largo, y costoso, la familia de Agustín tenía tierras en toda la región, y el dinero le otorgaba una vida cómoda, pero un viaje tan lujoso era cosa de pensarse. Sin embargo, con lo obstinado que era, logró convencer a sus padres. En Semana Santa habría de realizar el viaje y por esas mismas fechas estaría de regreso.

       Quería que fuese una sorpresa para Elizabeth, así que no dijo ni una sola cosa al respecto, a excepción de una pequeña referencia en una de las cartas:
           ­­‑ ¡No tienes ni idea de cuánto desearía estar a tu lado!

Él esperaba que Elizabeth contestara algo parecido, por eso le sorprendió bastante el contraste de su respuesta:
  -No estoy segura si es la mejor idea, Agustín, deberías pensártelo mejor, no creo que puedas abrazarme, o siquiera verme, son razones difíciles de explicar, no  quiero decepcionarte.

      No la entendió en lo absoluto, pero en fin, no entendía mucho a las mujeres, así que  se determinó a ir y superar cualquier obstáculo.

              Cuando llegó el momento ¡Rebozaba de alegría! El día que salió de la ciudad estaba soleado, y pensó que el resto del viaje seguiría así, sin embargo, al llegar a  Monterreal  se dio cuenta de lo frío que en realidad era. Buscó la dirección entre las cartas que llevaba, -No fue difícil- La calle Portal de los Lombard le pertenecía a la familia de Elizabeth, estaba compuesta por enormes casas de  antiguas  fachadas con aspecto barroco y elegante, sin embargo, ¡Las calles estaban vacías! y Agustín se preguntaba por qué no se ocupaban de sus jardines asolados. Solo una casa parecía ocupada en ese momento, pero no era la de Elizabeth. Buscó desesperadamente dentro de su valija esa foto que Elizabeth le había enviado de su casa, un tiempo atrás ¡Quedó estupefacto, helado y temblando, cuando se dio cuenta de que una de las columnas de mármol de la entrada principal estaba hecha pedazos!  Miró a su alrededor y gritó con tanta euforia:

— ¡Elizabeth!  ¡Elizabeth! —Pero no obtuvo ninguna respuesta. Agustín volvió a gritar — ¡Estoy aquí, Elizabeth!  De pronto, apareció un anciano de aspecto misterioso, como si fuera un centinela — ¡Joven!—exclamó con voz ahogada el hombre— ¿Qué hace ahí? ¿Está loco?  ¡Aléjese!  ¡Esa casa está embrujada! ¿Qué no conoce la historia trágica de esos infortunados franceses? ¡Nadie vive en esa vieja casa desde hace más de diez años!


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